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Horacio
Sabino

 

Fecha y lugar de nacimiento:

3 de septiembre de 3192,

Aldropo, Beatris.

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Ocupación:

Cartógrafo oficial de la

provincia de Trises

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Sólo hay dos clases de alumnos en la Universidad de Beatris: los que quieren obtener un trabajo fácil en el gobierno o los que realmente aman el estudio y pueden ignorar las goteras y las corrientes heladas de su biblioteca central. Horacio es uno de estos últimos. Su padre, Fedro Sabino, quería que Horacio fuera extensionista y se graduara de la Escuela Política de Gelpura para unirse a la lucha nacional por la justa repartición de tierras. Su madre, Rosalía Verna, de sangre senesina, deseaba que Horacio se convirtiera en un diplomático de la prestigiosa Academia de Embajadores. Pero Horacio siempre quiso ser cartógrafo. Su abuela paterna, Alia Solianus, y su abuelo materno, Cleus Verna, fueron cartógrafos. Siempre atesoró los mapas familiares y los copió muchas veces en sus cuadernos de tapas duras, en su feliz infancia en las calles estrechas de Aldropo. Cuando supo que para dibujar mapas debía estudiar matemáticas, estuvo a punto de cambiar de opinión. Pero una vez determinado, su propia madre, Rosalía, lo obligó a ir hasta el final. Si pensaba ser un cartógrafo –un sirviente del Estado–, entonces tendría que ser el mejor.

 

Cuando terminó los cursos preparatorios en la Facultad de Ciencias Cartográficas, viajó a Nubia y durante cuatro años vivió y estudio en la Casa Cardinal. Ahí leyó todo lo que pudo, aprendió a dibujar pese a sus manos torpes aunque su timidez –a veces demasiado rígida– le impidió rodearse de amigos. Sus padres lo visitaban cada tanto y, cuando se graduó, lo llevaron de viaje a Gelpura, en donde conoció por primera vez la consistencia de la nieve.

 

Aunque ha mejorado sus habilidades para socializar, conserva su carácter reservado y una dedicación absoluta a sus cálculos y sus investigaciones. No se ve a sí mismo como un aventurero ni como uno de esos cartógrafos que prefieren descubrir por su cuenta qué tan profundo es un acantilado. Él siente ese mismo vértigo al hallarse frente a un manuscrito antiguo o al discutir un nuevo cálculo para predecir la intensidad de un kaín. Pero la vida tiene otros planes para él.


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